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Enrique Valiente La figura del extraño es recurrente a lo largo de la historia, porque extraño es el “otro”. Todas las culturas deben enfrentar semejante definición. El extraño es una construcción social generada desde el grupo de pertenencia, donde la conciencia del nosotros delimita una frontera: dentro están los miembros adscritos al grupo, fueron todos aquellos que no pertenecen al grupo referencial y son definidos como los “otros”. Estas dos actitudes opuestas son inseparables: no puede haber sentido de “pertenencia” sin sentido de “exclusión”, y viceversa. Como afirma Bauman^1 : “Las palabras “nosotros” y “ellos” sólo pueden ser entendidas juntas, en su conflicto. Entiendo mi pertenencia como “nosotros” sólo porque pienso en otro grupo como “ellos”. Los dos grupos opuestos se sedimentan, por así decir, en mi mapa del mundo en los dos polos de una relacion antagónica, y es este antagonismo el que hace que los grupos sean para mí “reales”, y es también ese antagonismo el que hace verosímil la unidad y la coherencia interna que yo imagino que poseen”. La definicion social del extraño es producto de la historia grupal. Es el grupo quien define atributos, quien nombra quienes somos “nosotros” y quienes no. La idea del extraño está fundada siempre en la existencia de atributos juzgados como diferentes. La diferencia puede proceder de estigmas que se adjudiquen a grupos o individuos; del desconocimiento del otro, por miedo, inseguridad. Cualquier diferencia ha sido, casi siempre, motivo suficiente para atribuirle distinciones poco favorables a los “otros”. En las sociedades tradicionales, el individuo diferente es aquel que no vive en “mi” aldea o ciudad. En dichas sociedades, la tradición produjo comunidades fundadas sobre el miedo y la dependencia, lo cual creaba el vínculo de unidad comunitaria y permitía fabricar explicaciones acerca de los males que acechaban a la tradición. Los individuos, en estos casos, necesitan definir al Otro como enemigo y como lo necesitan crean semejante figura, produciendo estereotipos que justifiquen el trato “al enemigo”. Podría decirse, que si no hubiera un grupo adversario habría que inventarlo, en beneficio de la coherencia e integración del grupo que debe postular un enemigo para fijar y defender sus propios límites y para asegurar la lealtad y la cooperación internas. (^1) Bauman, Z (1994) Pensando sociológicamente. Buenos Aires: Edición Nueva Visión, pag. 45.
A partir del siglo XIX, con el afianzamiento de la Modernidad y la creación de la razón de Estado, se creó un marco de referencia más seguro y, por lo tanto, se necesitaron nuevas formas de legitimar las diferencias. La construcción del grupo nacional fue la forma que adoptó la idea de “nosotros”. Cambia la figura del extraño. Su figura va reduciéndose y especializándose para todos aquellos que no forman parte de la comunidad nacional. El connacional ya no se define como extraño, sino como diferente. El círculo del grupo nacional permite al diferente y el extraño es una referencia para nombrar a los que están fuera de la frontera y no son de “mi” comunidad nacional. Semejantes atributos encontrarán en la ciudad “su” espacio natural. Me refiero a la ciudad moderna, esa que empieza a tener - desde mediados del siglo XIX- algunas características que hoy las distinguen. Los intelectuales de la época describen con preocupación las transformaciones de las grandes urbes europeas, sitios donde la figura del extraño es cada vez más frecuente y ya no es posible tener certezas acerca de quién es el Otro. No está demás destacar que el contacto con la “diferencia” era extremadamente infrecuente en otros momentos de la historia, cuando la figura del viaje estaba reservada a los aventureros o a las empresas militares. Con el advenimiento de la ciudad moderna, este será el escenario donde – con mayor frecuencia- se pondrá en acto la diferencia. Y el exiliado, el forastero y el inmigrante se transformarán en los tipos emblemáticos de las urbes modernas. Precisamente, una de las patologías de la cultura contemporánea, que persistentemente ocupan la primera plana de los diarios, en especial por hechos que ocurren en el llamado “primer mundo”, es el fenómeno de rechazo o discriminación de aquellos que se visualizan como diferentes. La “diferencia” de la que nos ocuparemos es la vinculada con la discriminación dirigida hacia sectores de la población que llevan en el cuerpo las marcas de su origen indígena o mestizo, provenientes de la inmigración de las provincias o de países limítrofes, y sobre los que operan designaciones despectivas como: “villeros”, “negros”, “cabecitas”, “bolitas”, “paraguas”, etc. Y el escenario donde situaremos el análisis será una gran metrópoli: la ciudad de Buenos Aires. En un contexto de profunda crisis: el desempleo, la pobreza, la exclusión o la violencia suelen tener mayor importancia en los imaginarios sociales como representación de los problemas que angustian a la sociedad. Entonces, cuestiones
La categorización del diferente Como hemos destacado previamente, uno de los fenómenos que caracterizan la diferenciación del Otro en las sociedades contemporáneas es el rechazo o discriminación que pasa por diferentes atributos o modos de estigmatizar a quien se visualiza como diferente. Existen muchas formas de designar este proceso, algunas se refieren a la carga de negatividad y rechazo implicadas en dichos mecanismos, por ejemplo: racismo o etnocentrismo; otros conceptos como genocidio y etnocidio aluden al alcance o virulencia del rechazo; pero existen además términos como exclusión, segregación, discriminación, estereotipo – entre otros- que complejizan el tema que abordamos y que merecen algún tipo de aclaración para no ser utilizados indiscriminadamente. A continuación, vamos a deternernos en algunos de esos conceptos. Prejuicio y estereotipo En la base de toda conducta de rechazo y discriminación siempre se encuentra el prejuicio y el estereotipo. Para algunos autores el prejuicio opera principalmente mediante el empleo del pensamiento estereotípico. Todo pensamiento implica categorías por medio de las cuales clasificamos nuestra experiencia. Es un modo de intentar aprehender la complejidad de la realidad para hacerla más inteligible. Pero el prejuicio y el estereotipo tienen otras características, operan mediante categorías rígidas y simplificadas. Por lo tanto, el prejuicio es un juicio previo, una toma de postura sin mucho conocimiento y poco elaborada. El prejuicio implica sostener puntos de vista preconcebidos sobre un individuo o un grupo, basados con frecuencia en habladurías más que pruebas directas, perspectivas que son reacias al cambio incluso con mayor información. En esta perspectiva hay diferentes grados: desde el prejuicio diseminado en un grupo pero que no forma parte sustancial de sus atributos de identidad hasta aquellos prejuicios que claramente constituyen los pilares de identidad de un grupo (por ejemplo, un grupo racista). El prejuicio opera principalmente mediante el empleo del pensamiento estereotípico. El estereotipo es un pensamiento patológico que opera por simplificación extrema, generalización abusiva y utilización sistemática y rígida. Es un esquema simplificado y pobre que hace que uno o dos caracteres se atribuyan a todo un grupo. La riqueza de la humanidad de un individuo o grupo se ve reducida a un mote, a un apelativo: feos, sucios, chorros, vagos, por ejemplo. En el
estereotipo una cualidad atribuida, una parte, sustituye al todo. Y además de la simplificación, el estereotipo generaliza: se atribuye el mismo carácter a todos los miembros del mismo universo aparente (por ejemplo: todos los chilenos son chorros; los villeros sucios; los judíos avaros, etc.). Es pues una doble distorsión en la diferenciación categorial: no sólo se equivoca en la atribución de la categorización, sino que se equivoca en la generalización. La utilización sistemática y rígida significa que el estereotipo se aplica siempre y es refractario a cualquier argumentación en contrario. Cabe destacar que, en la década del ´90, fueron los inmigrantes de países limítrofes sobre los que se construyeron representaciones sociales de rechazo, humillación e intolerancia. La aparición del “inmigrante económico” derivó en una deslegitimización del inmigrante. El inmigrante pasó a ser un problema en tanto era percibido como una amenaza, pese a que empíricamente quedó demostrado que su influencia en el mercado laboral no era significativa. En un trabajo efectuado hace algunos años^3 subrayábamos que cuánto más amenazado se sienta un grupo intentará con mayor fuerza deslegitimar al grupo que considera amenazante. La deslegitimización permite justificar el comportamiento negativo hacia ese grupo, establecer una diferenciación intergrupal, fomentar los sentimientos de superioridad, establecer la uniformidad grupal y buscar un chivo expiatorio a quién culpar de los problemas más graves que aquejan a la sociedad. Los estereotipos más frecuentes para ejercer la deslegitimación de un grupo son:
dogmáticamente. Dicho estereotipo se construye a partir de ciertos aspectos superficiales, poco relevantes (como el color de piel, cierta contextura física), a los que ses les adscriben otros rasgos que se consideran articulados de manera inescindibles: sucios, delincuentes, sumisos, afectos al trabajo manual, poca inteligencia, entre otros. Dicho estereotipo tiene una fuerte legitimación social, lo cual se expresa en el uso peyorativo e insultante del término “bolita” – más allá de su procedencia nacional- como modo de deslegitimación de otros que reúnan cierta caracterología física pasible de ser sustrato de la adjetivación mencionada, por ejemplo en estadios de fútbol. Racismo de clase La complejidad del abordaje de la noción de racismo está expuesta con detalle en el texto de Mario Margulis de lectura obligatoria. Pero en este apartado voy a referirme a un concepto acuñado por Claude Grignon^6 , el de racismo de clase. Para Grignon, el racismo de clase es aquel que se ejerce sobre los sectores populares es decir, sobre el propio connacional, el “racismo de puertas adentro”. El racismo de clase tiene bases parecidas al racismo clásico al cual el autor llama “racismo ordinario” (el racismo hacia el extraño, el extranjero, el racismo sobre las llamadas “culturas inferiores” sobre las que se construyeron las expansiones imperiales del siglo XIX, entre otros ejemplos). Tanto uno como otro racismo se basan en la estigmatización y en la segregación social. En el racismo de clase, la estigmatización consiste en la búsqueda de estigmas llamados físicos que puedan delatar la condición popular del otro: la piel oscura, las uñas sucias, la baja estatura (que sigue siendo un marcador de origen social inferior). Pero pueden constituirse en estigma también cualquier signo exterior de pobreza difícil de encubrir, como la dentadura o la ropa. Pero lo importante que señala Grignon es que dichos estigmas sólo existen en tanto existe una mirada racista; el color de la piel no tiene importancia, no es un indicador de nada, si no existe una mirada discriminadora. Al mismo tiempo, existe una marcada intolerancia cuando las clases populares intentan disimular su identidad adoptando los signos más difíciles de imitar de los sectores dominantes: cualquier actitud es juzgada como vulgar o pretenciosa (recordemos que un pájaro puesto como adorno en la cabeza puede ser calificado (^6) Grignon, C. (1993) “Racismo y etnocentrismo de clase”, en Revista. Archipiélago 12 , Barcelona.
como vulgaridad, pero en los sectores dominantes sería visto como algo exótico; en las clases populares, el alcoholismo es borrachera, en lo sectores medios o altos un alcohólico es un “bebedor social” y, en el mejor de los casos, un enfermo). En relación al otro mecanismo, el de la segregación social, Grignon destaca dos procesos que sirven para evitar las mezclas de las clases sociales y mantener alejados a los sectores populares: la educación (de relevante actuaklidad no?) y la endogamia social (casarse entre iguales). El ejemplo más acabado se da en las socializaciones cerradas que se llevan a cabo hoy en día en los countries y barrios cerrados. Genocidio y etnocidio. Pierre Clastres^7 señala que el concepto de genocidio tomó estatus jurídico durante el juicio de Nuremberg, para calificar el exterminio sistemático de judíos europeos por el nazismo. Pero, si el genocidio antisemita fue el primero en ser juzgado por la ley, no fue el primero en la historia de la humanidad. Por ejemplo, a partir de 1492 se puso en marcha una maquinaria de destrucción sistemática de las poblaciones aborígenes en América, genocidio que por su amplitud demográfica tiene pocos equivalentes. Es a partir de la historia de América que un etnólogo, Robert Jaulin, formula el concepto de etnocidio pues las poblaciones de nuestro continente han sido víctimas de ambas formas de criminalidad. Si el concepto de genocidio tiene como sustrato la idea de raza y el exterminio físico directo, el de etnocidio se refiere a la destrucción de la cultura. Es decir, el genocidio es la eliminación directa de un pueblo, el etnocidio destruye el espíritu de un pueblo, sus prácticas culturales, sus formas de pensamiento, aquello que le da razón para vivir. Por eso, el etnocidio tiene consecuencias diferidas en el tiempo, sus mecanismos de eliminación son a largo plazo. Esto es fundamental para comprender la RELEVANCIA de la cultura. Para P. Clastres, el etnocidio y el genocidio comparten una visión negativa del Otro, pero difieren en el tratamiento que le dan: el genocida quiere la muerte física, directa, los “otros” son irrecuperables. En cambio, el etnocidio supone reconocer que los “otros” son recuperables, pero si se subordinan y asimilan la cultura que se les impone. Piensen ustedes en las políticas impuestas – desde la época de la conquista- sobre las numerosas etnias de América para comprender lo que es el etnocidio, las (^7) Clastres, Pierre. “Sobre el etnocidio”. En Clastres P. Investigaciones de Antropología Política. Buenos Aires: Editorial Gedisa.